Cuando el molde no entra en el pibe (y no al revés)
Me acuerdo de Thiago, un nene de siete años que llegaba a mi consultorio arrastrando la mochila como si pesara una tonelada. La maestra decía que “no prestaba atención”, que “se distraía con una mosca”, que “interrumpía todo el tiempo”. La madre, agotada, me confesó entre mate y mate: “Ya no sé si es vago o si le pasa algo”.
Resulta que Thiago no era vago. Thiago era un pibe que necesitaba moverse para pensar, que aprendía mejor si le dabas un papelito para doblar mientras escuchaba, que se perdía en instrucciones de tres pasos pero entendía perfecto si le mostraba una sola cosa a la vez.
Cuando le armamos un tablerito visual con su rutina de la tarde —merienda, mochila, dientes, piyama—, la madre me dijo algo que no me voy a olvidar nunca: “Es como si de repente supiera qué viene después. Dejó de pelear conmigo”.
Eso es lo que me enseñó la vida, y también la seño Marta, mi maestra de tercer grado que ya no está pero que me dejó una carpeta llena de fichas de alumnos “difíciles” que ella veía brillantes. Su frase me persigue hasta hoy: “El que no encaja en el molde, capaz que el molde está mal”.
Por eso cuando vi esta investigación de la Universidad de Flores sobre estrategias inclusivas para estudiantes con TDAH en escuelas bonaerenses, me puse contenta. No porque descubra la pólvora, sino porque es evidencia local, de acá nomás, que confirma lo que muchos venimos viendo en las aulas y en las casas: el problema no es el chico, es el entorno que no se adapta.
¿Qué encontró la investigación?
La Universidad de Flores publicó en su repositorio académico un trabajo que analiza las estrategias inclusivas implementadas en el aprendizaje de estudiantes con TDAH en una escuela primaria de gestión estatal de la Provincia de Buenos Aires. El estudio se centra en estudiantes diagnosticados con TDAH y en cómo las prácticas docentes pueden facilitar o trabar su aprendizaje.
Pueden leerlo completo acá: https://repositorio.uflo.edu.ar/entities/trabajofinalintegrador/7f9c0542-46e8-4bf8-a5e5-e524d72a43f3
Lo valioso de este tipo de trabajos es que no vienen de afuera, no son manuales traducidos de otra cultura educativa. Son investigaciones hechas en nuestras escuelas, con nuestros docentes, con nuestros pibes. Y eso importa, porque el aula argentina tiene sus propios códigos, sus propios desafíos y sus propias posibilidades.
Ahora, bajemos un cambio y vamos por partes. Porque una cosa es leer un paper académico y otra muy distinta es estar a las ocho de la noche con un nene que no quiere lavarse los dientes y vos ya no sabés si reírte o llorar.
La pregunta que todos se hacen
¿Por qué lavarse los dientes se convierte en una batalla campal todas las noches?
Mirá, te voy a ser honesta: no viene en los folletos. Los manuales te hablan de “establecer rutinas” y “ser consistentes”, pero nadie te cuenta que a las nueve de la noche, después de un día entero de autorregulación, el pibe con TDAH ya no da más. Su cerebro está agotado de sostener la atención, de frenar impulsos, de hacer un esfuerzo doble para hacer lo que a otros les sale solo. Y ahí, en ese punto exacto, aparece el cepillo de dientes como un enemigo más.
El TDAH no es “no poder prestar atención”. Es un problema de autorregulación, de funciones ejecutivas. Y las funciones ejecutivas son como un músculo: se fatigan. Cuando el pibe llega a la noche, ese músculo está hecho pomada. Pedirle que haga una rutina de higiene completa, con todos sus pasos, en orden, sin supervisión, es como pedirle a un corredor que termine una maratón con las piernas dormidas.
¿Y entonces? ¿Nos rendimos? No. Adaptamos. Una cosa a la vez, que alcanza.
La guía práctica: 8 pasos para que lavarse los dientes deje de ser una guerra
1. Bajá las expectativas (y el volumen)
Si tu hijo tiene TDAH, la noche no es el momento para enseñar hábitos nuevos. Es el momento para ejecutar rutinas ya conocidas, con la menor fricción posible. Si hoy lográs que se lave los dientes con ayuda, ganaste. Mañana se agrega el hilo dental. Pasado, que lo haga solo. No pretendas que haga todo perfecto el primer día. Eso no es ser flexible, es ser realista.
2. Visual, visual, visual
Los chicos con TDAH procesan mucho mejor la información visual que la auditiva. Si le decís “andá a lavarte los dientes”, tu voz es un ruido más. Pero si tenés un tablerito con dibujos —o fotos de él mismo haciendo cada paso—, el pibe sabe exactamente qué viene después. No tiene que recordar, solo tiene que mirar.
Yo armo tableritos para todo, te digo. Para la mañana, para la noche, para la escuela. Y no necesitás nada sofisticado: una cartulina, fibrones de colores y dibujitos simples. O fotos impresas. Lo pegás en el baño, a la altura de sus ojos, y listo.
3. Una cosa a la vez
No le digas “andá a lavarte los dientes” si eso implica: ir al baño, agarrar el cepillo, ponerle pasta, mojarlo, cepillar, enjuagar, escupir, limpiar el cepillo, guardarlo. Eso es un montón de pasos. Para un pibe con TDAH, eso es una lista interminable.
Dividí la tarea. “Primero, agarrá el cepillo.” Cuando lo tenga, “ahora, la pasta.” Y así. Sí, es más lento. Sí, te va a dar una fiaca terrible al principio. Pero después se automatiza y va solo.
4. Cronómetro, no reloj
El tiempo es un concepto abstracto. “Dos minutos” no significa nada para un pibe que todavía no tiene internalizado el paso del tiempo. Usá un cronómetro visual, un reloj de arena, o una canción que dure lo que tiene que durar el cepillado. Mi favorito: poner una canción corta y divertida. Cuando termina la canción, se termina el cepillado. Simple, concreto, sin peleas.
5. El orden importa (y mucho)
¿Sabías que el orden de la rutina puede ser la diferencia entre una noche tranquila y una guerra? Si el pibe se lava los dientes después del baño, cuando ya está en piyama y listo para la cama, es más probable que lo haga. Si lo dejás para el final, cuando ya está agotado, vas a tener resistencia.
Probá mover el cepillado a un momento del día donde el pibe tenga más energía. Algunos chicos rinden mejor si se lavan los dientes apenas terminan de cenar, antes de la fatiga total. Otros, a la mañana. No hay una regla universal: hay que probar y ver qué funciona en tu casa.
6. Elegí batallas (y ganá las importantes)
Mirá, no todo es negociable. Pero si el pibe quiere usar el cepillo rojo en vez del azul, ¿qué importa? Si quiere lavarse los dientes en el living mirando un video, ¿es tan grave? A veces nos enganchamos en el “cómo” y nos olvidamos del “qué”. El objetivo es que se lave los dientes. Si lo logra con el cepillo de su hermano, en la cocina, con música de fondo, ¿quién dijo que no se puede?
7. El refuerzo positivo, pero con criterio
No se trata de dar premios por todo. Eso también cansa. Pero sí de reconocer el esfuerzo. “¡Buen laburo! Te lavaste los dientes sin que te lo recuerde dos veces” vale más que un premio material. El pibe necesita saber que lo ves, que su esfuerzo cuenta.
8. Si falla, no es el fin del mundo
Va a haber noches donde nada funcione. Donde el pibe tire el cepillo, grite, llore, y vos también. Y está bien. No sos una mala madre ni un mal padre. Sos un adulto que está acompañando a un pibe que tiene un desafío neurológico real. Mañana se intenta de nuevo. Una cosa a la vez, que alcanza.
La escuela también tiene que adaptarse
La investigación de la Universidad de Flores pone el foco en la escuela, y con razón. Porque si en casa adaptamos, pero en el aula el pibe sigue siendo “el vago que no presta atención”, todo el trabajo se cae.
Algunas estrategias que funcionan en el aula y que son simples de implementar:
- Sentarlo cerca del pizarrón y lejos de ventanas: menos distracciones, más foco.
- Instrucciones cortas y visuales: “Abrí el libro en la página 24” es mejor que “vamos a trabajar con el libro”.
- Movimiento permitido: si el pibe necesita pararse, que se pare. Si necesita mover los pies, que los mueva. El movimiento no es desatención, es regulación.
- Tiempo extra para tareas: no es un privilegio, es una necesidad. Su cerebro procesa distinto, no peor.
Y algo importante: el diagnóstico no es una sentencia. Es una herramienta para entender. “Poner una etiqueta no es lo mismo que entender a un pibe”, digo siempre. El diagnóstico te dice qué le pasa, pero no quién es. Eso lo descubrís todos los días, mirándolo, acompañándolo, adaptándote.
Preguntas de la gente
¿A qué edad se puede diagnosticar TDAH?
El diagnóstico lo hace un profesional —neurólogo, psiquiatra o psicólogo— y generalmente se puede realizar a partir de los 6 o 7 años, cuando los síntomas se hacen más evidentes en el ámbito escolar. Pero ojo: no sugiero diagnósticos por internet ni por comentarios de la vecina. Si tenés dudas, consultá con un profesional. El TDAH tiene criterios específicos y solo un especialista puede determinarlo.
¿El TDAH se cura?
No se “cura” en el sentido tradicional, pero se trata y se maneja muy bien. Con estrategias adecuadas, acompañamiento y, en algunos casos, medicación indicada por un profesional, los pibes con TDAH pueden tener una vida plena y exitosa. Lo importante es no quedarse en el diagnóstico y empezar a trabajar en las estrategias.
¿Qué hago si la escuela no quiere adaptarse?
Primero, hablá con el docente y el equipo directivo. Llevá el diagnóstico si lo tenés, pero también llevá propuestas concretas: “¿Qué le parece si lo sentamos adelante?”, “¿Podemos probar con instrucciones más cortas?”. Si no hay respuesta, buscá asesoramiento. En Argentina existen leyes que protegen el derecho a la educación inclusiva. No estás solo en esta.
¿Los chicos con TDAH son más inteligentes?
El TDAH no tiene nada que ver con la inteligencia. Hay pibes con TDAH con alta capacidad intelectual y otros con dificultades de aprendizaje. Lo que sí es cierto es que muchos tienen un pensamiento creativo y divergente que no encaja en los moldes tradicionales. De nuevo: “El que no encaja en el molde, capaz que el molde está mal”.
¿La medicación es la única solución?
No. La medicación es una herramienta más, y solo un médico puede indicarla. Pero el tratamiento integral del TDAH incluye estrategias conductuales, adaptaciones en el entorno, acompañamiento emocional y, en muchos casos, también a la familia. La pastilla no enseña hábitos. Eso se aprende con la práctica diaria, con paciencia y con estrategias concretas.
Una herramienta para hoy
Si te llevás una sola cosa de esta nota, que sea esta: el tablero visual de la rutina nocturna.
Armalo esta misma semana. Necesitás una cartulina, fibrones o imágenes impresas, y veinte minutos. Dibujá o pegá las fotos de cada paso: merienda, dientes, piyama, cuento, cama. Pegalo en la pared del baño o en la puerta de la habitación, a la altura de los ojos del pibe.
Cuando llegue la noche, no le digas “andá a lavarte los dientes”. Señalá el tablero y preguntale: “¿Qué viene ahora?”. Dejá que él lo mire, que lo procese, que lo diga. Ese pequeño gesto —de darle el control visual de su propia rutina— puede cambiar la noche.
Y si un día no funciona, no pasa nada. Se intenta de nuevo. Porque no hay chico vago; hay chico aburrido, angustiado o mal acompañado. Y ahora, con esta investigación de la Universidad de Flores y con estas herramientas, tenés un poco más de compañía para el camino.
Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta médica. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional (neurólogo, psiquiatra o psicólogo). Ante cualquier duda, consultá con tu médico o profesional de la salud.
