Me tocó verlo otra vez, en la sala de espera de una escuela de barrio, hace unas semanas. Una madre, con el teléfono en la mano, me mostraba la noticia: el Gobierno nacional prometía atención integral para el autismo. Su hijo, de siete años, tiene un diagnóstico de TDAH y ella, cansada, me dijo: ‘¿Y a nosotros quién nos atiende?’. No supe qué responderle en el momento. Pero me acordé de la seño Marta, mi maestra de tercer grado, que guardaba fichas de los pibes ‘difíciles’ y las miraba con otros ojos. Ella decía: ‘El que no encaja en el molde, capaz que el molde está mal’. Y yo, desde Córdoba capital, sigo pensando lo mismo cuando leo estas noticias.
El anuncio del plan de atención integral para el autismo, publicado por El Argentino Diario, promete mucho pero no asigna un solo peso. Y acá es donde yo, como psicopedagoga, me pongo en modo práctico: porque de promesas vacías están llenos los consultorios y las aulas. Lo que necesitan las familias no son anuncios, son recursos concretos. Y mientras eso no llegue, nosotros, los que estamos en el día a día, tenemos que armar estrategias con lo que hay.
No es que esté en contra del plan. Al contrario. Pero si no hay financiamiento, ¿de qué estamos hablando? Me pasó con un nene, lo llamemos Tomi, que en la escuela lo tenían sentado al fondo, ‘porque molesta’. Resulta que Tomi no molestaba: se aburría. Le puse un tablerito visual con tres tareas y un cronómetro de cocina. En una semana, la maestra me dijo que era ‘otro nene’. No, era el mismo nene. El entorno había cambiado.
¿Y ahora qué hacemos con esta noticia?
La pregunta que todas las familias se hacen es: ‘¿Esto me sirve a mí, que tengo un hijo con TDAH?’. Y la respuesta honesta es: sirve para darte cuenta de que las políticas de salud mental en Argentina son un espejo con humo. Prometen, pero no ejecutan. Y si no hay plata para autismo, que es un tema con mucha visibilidad, imagináte lo que hay para TDAH, que todavía arrastra el estigma del ‘es un vago’.
No te voy a mentir: esto no se resuelve con un decreto. Se resuelve con pediatras que deriven a tiempo, con escuelas que acepten adaptaciones sin poner el grito en el cielo, con obras sociales que cubran los tratamientos. Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Bajemos un cambio y vamos por partes. Porque una estrategia simple aplicada hoy gana a un diagnóstico perfecto guardado en un cajón.
Advertencia honesta, la que no viene en los folletos: la falta de financiamiento no es un detalle menor. Es la diferencia entre un chico que recibe terapia y otro que espera dos años en una lista. Es la diferencia entre una escuela que acompaña y otra que expulsa. Así que, cuando leas la noticia, no te quedes con el titular. Exigí recursos. Pero también, mientras tanto, mirá qué podés hacer vos, hoy, en tu casa.
Cinco pasos para no quedarte esperando al Estado
Acá va mi guía, la que uso con las familias que atiendo en Córdoba. No es magia, es constancia.
1. Armá un tablerito visual, pero de verdad
No hace falta que sea lindo. Una hoja A4, fibrones de colores y cinta de papel. Dibujá la rutina de la mañana: levantarse, desayunar, lavarse los dientes, mochila. Pegalo en la heladera. El pibe con TDAH necesita ver el plan, no adivinarlo. Yo tengo la cartuchera llena de fibrones, pero vos podés usar lo que tengas.
2. Una cosa a la vez, que alcanza
Si le decís ‘ordená tu cuarto’, el cerebro del pibe explota. Son veinte tareas juntas. En cambio, ‘poné los zapatos en el placar’ es una sola. Hacé la prueba. Es cansador, lo sé. Pero funciona.
3. Cronómetro visible, no reloj de pared
El tiempo abstracto no existe para ellos. Un cronómetro de cocina, de esos que giran, muestra el tiempo que pasa. ‘Vamos a leer hasta que la aguja llegue acá’. Eso es concreto. Y si no tenés cronómetro, usá el temporizador del teléfono, pero que el pibe lo vea.
4. Cambiá el entorno antes de retar
¿El pibe no hace la tarea? ¿Y si el problema no es el chico, sino que el escritorio está frente a la ventana y se distrae con todo? Corré la mesa, sacá los juguetes de la vista, poné auriculares con música tranquila. Antes de pedirle que cambie, mirá qué podés cambiar del entorno.
5. Exigí, pero con papel
Cuando vayas al neurólogo o al psicopedagogo, pedí un informe escrito. No sirve el ‘sí, tiene TDAH’ de palabra. Necesitás un papel que diga ‘se recomienda adaptación curricular’ o ‘tiempo adicional en exámenes’. Ese papel es tu escudo en la escuela. Y si te dicen que no, pedilo por escrito también. Todo por escrito.
Preguntas que me hacen siempre
¿El TDAH es lo mismo que el autismo?
No, son diagnósticos distintos, aunque a veces se presentan juntos. El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta la atención, la impulsividad y la actividad motora. El autismo afecta la comunicación social y la flexibilidad del pensamiento. Pero comparten algo: los dos necesitan entornos estructurados y adultos que entiendan, no que juzguen.
Mi hijo no se queda quieto ni un segundo, ¿es TDAH?
Mirá, la hiperactividad es solo una parte. Hay chicos con TDAH que son más bien soñadores, que parecen ‘en la luna’. Lo importante es que esto afecte su vida cotidiana: la escuela, la casa, los vínculos. Si te preocupa, consultá con un neurólogo o psiquiatra infantil. No te autodiagnostiques ni diagnostiques a tu hijo con un artículo de internet.
¿La medicación es la única solución?
No. La medicación puede ayudar, pero no es la única herramienta. Las intervenciones conductuales, la psicopedagogía, la adaptación del entorno y el acompañamiento emocional son igual de importantes. La medicación la indica un médico, siempre. Nunca la sugieras por tu cuenta ni la compres sin receta.
En la escuela me dicen que es ‘un vago’, ¿qué hago?
Ahí tenés que ir con el informe del profesional y pedir una reunión con la maestra y el directivo. No vayas a pelear, andá a explicar. Llevá ejemplos concretos de qué le cuesta y qué le funciona. Y si la escuela no acompaña, exigí el acta de la reunión y pedí una instancia formal. No estás sola, aunque a veces lo parezca.
¿Qué hago si no tengo plata para el tratamiento privado?
Es una realidad. Las obras sociales tienen que cubrir, pero a veces hay que pelear. Andá con el informe médico y hacé el reclamo formal. También hay hospitales públicos con servicios de salud mental, aunque las listas de espera son largas. Mientras tanto, armá la red en casa: familia, escuela, amigos. El acompañamiento no es solo del profesional.
¿Cómo le explico a mi hijo que tiene TDAH?
Con honestidad y sin miedo. Decile que su cerebro funciona distinto, que hay cosas que le cuestan más pero que tiene un montón de fortalezas. No lo etiquetes como ‘enfermo’. El diagnóstico no es una sentencia, es una hoja de ruta. Y si no sabés cómo decírselo, pedí ayuda a un profesional para que te acompañe en esa conversación.
Una herramienta para hoy
Esta semana, probá con la técnica del ‘banco de energía’. Cuando el pibe llegue de la escuela, no lo bombardees con preguntas ni con tareas. Dale veinte minutos de ‘carga’: merienda, aire libre, algo que le guste. Después, sí, una tarea a la vez, con cronómetro visible. Vas a ver la diferencia. No es magia, es entender cómo funciona su cerebro. Y si el plan del Gobierno no llega, que no te paralice. Nosotros, los que estamos en la trinchera, sabemos que una estrategia simple aplicada hoy vale más que un anuncio sin plata. ¿Y si el problema no es el chico? Muchas veces, el problema es que el molde está mal. Y eso, seño Marta, lo aprendí de vos.
