La trinchera de todos los días
Me acuerdo de una tarde de martes, de esas que se hacen eternas. Mi hijo volvió del colegio con una sonrisa enorme y la maestra me dijo por el cuaderno de comunicaciones: “Excelente comportamiento, participó de todas las actividades”. Yo lo miré y algo no me cerró. Porque en casa, a las seis de la tarde, el mismo pibe que “se portó perfecto” estaba tirado en el piso del living, llorando desconsolado porque la tostada se le había quemado un poquito.
Esa contradicción me volvía loco. ¿Mi hijo era dos personas? ¿Yo estaba haciendo algo mal en casa? ¿Por qué con los demás era un ángel y conmigo explotaba?
Pasaron meses hasta que entendí que no era que mi hijo fuera “doble cara”. Era que estaba usando toda su energía del día en sostenerse. En la escuela, aguantaba. Apretaba los dientes, se mordía la lengua, se quedaba quietito aunque por dentro todo le pedía moverse. Y cuando llegaba a casa, el lugar seguro, el tanque ya estaba vacío. Explotaba. Y yo, en vez de abrazarlo, me enojaba. Me sentía un fracasado.
Eso tiene nombre: enmascaramiento. Y nadie me lo explicó en su momento.
La noticia que confirma lo que sospechábamos
Hace unos días, la Fundación IDIS sacó un informe que me hizo ruido. Según publicó ABC, el 85% de las guías de práctica clínica del Sistema Nacional de Salud español están desactualizadas. O sea: la mayoría de los protocolos que usan los profesionales para diagnosticar y tratar condiciones como el TDAH no reflejan la evidencia más reciente.
El dato es de España, pero mirá si no nos toca de cerca. Acá en Argentina, muchas guías también pueden estar desactualizadas. Y esto no es un detalle técnico para especialistas: es un llamado de atención para que profesionales y autoridades revisen sus protocolos. Porque cuando las guías se atrasan, los pacientes pagan el costo. Y las familias, también.
¿Te das cuenta de lo que significa esto? Que muchas veces, cuando un profesional te dice “esto es así”, puede estar basándose en información vieja. No es mala voluntad del médico: es un sistema que no se actualiza al ritmo que la ciencia avanza. Y en condiciones como el TDAH, donde cada año aparecen nuevos estudios sobre cómo funciona el cerebro y cómo acompañar mejor, estar desactualizado tiene consecuencias reales.
El enmascaramiento: cuando tu hijo se porta “perfecto”
El masking, o enmascaramiento, es ese mecanismo por el cual una persona con TDAH (o autismo, o cualquier neurodivergencia) aprende a ocultar sus síntomas para parecer “normal”. Sonríe cuando por dentro está enojado. Se queda quieto cuando necesita moverse. Contesta “sí, señorita” cuando no entendió nada pero no quiere quedar expuesto.
Y ojo, esto no es algo que el chico haga a propósito. Es una estrategia de supervivencia social. Aprende rápido que si se comporta “bien”, los adultos lo felicitan y los compañeros no se ríen. Entonces se pone la máscara. Pero esa máscara pesa. Cansa. Consume una energía brutal.
Por eso el pibe que se portó “perfecto” en la escuela llega a casa y se derrumba por una tostada quemada. No es que sea malcriado. Es que ya no le queda nada de batería para seguir sosteniendo la máscara. Y la casa, el lugar donde se supone que puede ser él mismo, se convierte en el escenario de todas las tormentas.
Mi experiencia me enseñó algo que no viene en los folletos: el enmascaramiento no es un logro, es un síntoma. Cuando un chico se porta “demasiado bien” todo el tiempo, no es motivo de orgullo. Es motivo de atención. Porque detrás de esa fachada puede haber un pibe agotado, ansioso, que está pidiendo ayuda a gritos pero sin palabras.
Cinco pasos para acompañar sin romperte (ni romperlo)
Esto no es un manual. Es lo que a mí me funcionó, después de mucho tropezar y de escuchar a papás veteranos que me tiraron un salvavidas cuando estaba por hundirme.
1. Aprendé a leer las señales de agotamiento
Fijate cuándo tu hijo empieza a desmoronarse. ¿Es siempre a la misma hora? ¿Después del colegio? ¿En eventos sociales? Esas crisis no son “caprichos”: son la válvula de escape de toda la presión que acumuló durante el día. Si podés anticiparlas, podés acompañarlas mejor.
2. Creá un espacio seguro de descarga
En casa, que el pibe pueda ser él mismo. Sin máscara. Si necesita saltar en el sillón (con reglas claras), que salte. Si necesita gritar un rato, que grite. El punto es que sepa que acá no tiene que actuar. Que la casa es el lugar donde puede sacarse el disfraz.
3. Hablá con la escuela, pero no desde el “problema”
Contale a la docente lo que pasa en casa. Explicale que el “buen comportamiento” en el aula puede ser enmascaramiento y que eso tiene un costo. Proponé acuerdos: momentos de pausa, salidas al baño, alguna estrategia para que el pibe pueda moverse sin llamar la atención. No vayas a pelear: andá a construir puentes.
4. Cuidate vos también
Esto es clave y nadie te lo dice. El papá o la mamá que sostiene todo el día también se agota. También necesita descargar. Si vos estás al límite, no podés contener a nadie. Buscá tu espacio: un grupo de padres, un amigo que entienda, un profesional. Pedir ayuda no es fallar. Es todo lo contrario.
5. Informate, pero con fuentes confiables
La noticia de la Fundación IDIS es un buen ejemplo: hay que revisar si lo que te dijeron sigue vigente. Pero ojo, no te auto-diagnostiques ni diagnostiques a tu hijo con lo que leés en internet. Usá la información para llegar mejor preparado a la consulta, no para reemplazar al profesional.
Preguntas que me hacen siempre
¿Cómo sé si mi hijo está enmascarando o si realmente está bien?
Prestá atención a las crisis en casa. Si el pibe se porta “perfecto” afuera y explota con vos, es muy probable que esté enmascarando. También fijate si duerme mal, si se queja de dolores de cabeza o panza, si está irritable. Son señales de que algo está gastando demasiada energía.
¿El enmascaramiento es malo?
No es “malo” ni “bueno”: es una estrategia de adaptación. El problema es el costo que tiene. Si tu hijo aprende a ocultar sus dificultades, puede pasar años sin recibir la ayuda que necesita. Y eso sí es grave.
¿Qué hago si la escuela me dice que “no tiene nada”?
Escuchá al profesional, pero también confiá en tu instinto. Nadie conoce a tu hijo como vos. Si sentís que algo no cierra, buscá una segunda opinión. Y recordá: las guías clínicas pueden estar desactualizadas, así que a veces el profesional también necesita actualizarse.
¿Cómo le explico a mi hijo que no tiene que fingir?
Con amor y sin presiones. Decile que está bien ser como es, que en casa no tiene que actuar. Que lo querés igual, con sus explosiones y sus silencios. Que la máscara puede quedarse en la puerta.
¿Cuándo tengo que preocuparme?
Si el enmascaramiento viene acompañado de ansiedad, depresión, problemas para dormir o pensamientos de autolesión, buscá ayuda profesional urgente. No esperes a que “se le pase”. Esto se transita, pero no se transita solo.
No estás solo
Mirá, yo sé lo que es sentir que no das más. Esas noches en las que te quedás despierto preguntándote qué hiciste mal. Esa culpa que te come cuando le gritás y después lo abrazás y le pedís perdón. Ese cansancio que no se va con una buena noche de sueño.
Respirá, papá, mamá: esto se transita. No estás roto, y tu hijo tampoco. El diagnóstico no rompe al chico: a veces lo explica. Y la desactualización de las guías clínicas no te convierte en un mal padre: te convierte en alguien que tiene que remar contra la corriente.
Hoy alcanza con lo que pudiste. Mañana será otro día, con otras batallas y otras victorias. Y mientras tanto, guardá los dibujos que te hace tu hijo en la heladera. Miralos cuando dudes. Son la prueba de que, más allá de las máscaras y las crisis, hay un pibe que te quiere y que necesita que estés entero.
Yo aprendí de un papá veterano, el Turco, que me mandaba audios a las tres de la mañana cuando yo estaba hundido. Su frase me quedó grabada: “Vos ocupate, no te culpes”. Eso te dejo hoy. Ocupate de tu hijo, ocupate de vos, y soltá la culpa. No te pertenece.
Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta médica. Ante cualquier duda o síntoma, consultá a tu médico o profesional de la salud. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional; acá compartimos experiencia, no indicaciones médicas.
Fuente consultada: ABC – La Fundación IDIS alerta: el 85% de las guías clínicas están desactualizadas
