Mi hijo tiene once años y un TDAH que en casa se siente como un pequeño huracán que entra, revuelve todo y se va dejando la puerta abierta. Hasta hace poco, cada mañana era una batalla campal: la mochila, la campera, los zapatos, el cuaderno de comunicaciones. “¿Cómo te olvidaste la campera otra vez, si la tenías en la mano hace cinco minutos?”, le decía yo, con el mate a medio tomar y la paciencia a punto de estallar. Él me miraba con una mezcla de culpa y desconcierto genuino. No era una excusa. No era un acto de rebeldía. Era, simplemente, que su cerebro funciona distinto.
Me acuerdo de una noche, después de un día particularmente agotador, en la que encontré su campera en el patio, tirada al lado del arenero. La levanté, la sacudí y me quedé un rato largo mirándola. Ahí, con el frío de Mar del Plata calándome los huesos, entendí que no se trataba de memoria ni de voluntad. Se trataba de algo mucho más profundo, algo que un diagnóstico tardío me explicó de golpe: las funciones ejecutivas. Y no, no vienen en un manual de instrucciones cuando nace tu hijo.
Por eso, cuando vi la noticia de que en La Rioja, España, estaban actualizando el protocolo de coordinación para TDAH entre salud, educación y servicios sociales, no pude evitar una sonrisa amarga. Ojalá. Ojalá en mi provincia, en mi país, hubiera esa mirada integral. Ojalá alguien le explicara a la maestra de mi hijo, y a la pediatra, y a la psicopedagoga, que el pibe no se olvida la mochila porque no le importa, sino porque su cerebro todavía no desarrolló la herramienta para recordarla en el momento justo. La noticia, que difundió Europa Press, es un ejemplo de lo que podría ser y no es. Y de lo que, quizás, algún día podamos construir acá.
¿Por qué se olvida la campera? La pregunta que me hice mil veces
La respuesta corta es: porque su cerebro está ocupado en otras cosas. La respuesta larga, la que a mí me costó años entender, tiene que ver con las funciones ejecutivas. Son un conjunto de habilidades que nos permiten planificar, organizar, inhibir impulsos, cambiar el foco de atención y, sobre todo, trabajar la memoria de trabajo. Esa memoria que te permite recordar que tenés la campera en la mano mientras te ponés los zapatos. En un chico con TDAH, esa memoria es como un celular con poca batería: se apaga en los momentos menos oportunos.
Acá va la advertencia honesta, la que no viene en los folletos: no es que no puedan aprender. Es que aprenden distinto. Y nosotros, los padres, estamos tan cansados de repetir las mismas cosas que a veces confundimos el síntoma con la actitud. Le decimos “prestá atención” cuando en realidad necesitamos decirle “mirá esto, ahora, conmigo”. Le pedimos que “se organice” cuando lo que necesita es que le mostremos, paso a paso, cómo se organiza una mochila. No es falta de voluntad. Es falta de herramienta. Y eso, créanme, cambia todo.
La noticia de La Rioja no es una solución mágica. Es un protocolo, un papel que ordena cómo se coordinan tres áreas del Estado para que un chico no se caiga del sistema. Pero detrás de ese papel hay una idea poderosa: que el TDAH no es un problema del chico, ni un fracaso de los padres. Es una condición que necesita acompañamiento. Y ese acompañamiento, cuando es integral, hace que un pibe deje de ser “el problemático” y empiece a ser “el que necesita otra estrategia”.
Cinco pasos (que a mí me funcionaron) para sobrevivir a las mañanas
No soy médico ni psicólogo. Soy un papá que aprendió a los tropezones, con la ayuda de un grupo de padres y de un tipo que me tiró un salvavidas a las tres de la mañana por WhatsApp. El Turco, un papá veterano, me dijo una frase que repito hasta el cansancio: “Vos ocupate, no te culpes”. Con esa idea en la cabeza, y después de mucha prueba y error, armé una rutina que nos cambió la vida. No es perfecta, pero funciona.
1. La noche es el campo de batalla, no la mañana
Si querés ganar la batalla de la campera, peleadla la noche anterior. La mochila se arma antes de acostarse. La ropa se deja lista al lado de la cama. La campera, en la percha de la puerta, a la vista. No es magia, es externalizar la memoria. Si el pibe no puede recordar, el entorno se lo recuerda por él. Y ojo, esto no es hacerle todo: es andamiaje. Después, con el tiempo, se va soltando.
2. Una cosa a la vez, papá
“Ponete los zapatos, agarrá la mochila, acordate de la campera y esperame en la puerta” es una orden imposible para un cerebro con TDAH. Es como pedirle a una computadora vieja que abra veinte programas a la vez. Se cuelga. La solución es dar una instrucción por vez. “Zapatos”. Esperá. “Mochila”. Esperá. “Campera”. Y así. Es lento, sí. Pero es efectivo. Y el grito, te aseguro, no es más rápido.
3. El lugar de las cosas, siempre el mismo
En casa, cada cosa tiene su lugar. Y ese lugar no se negocia. Las llaves, en la bandeja de la entrada. La campera, en la percha. Los zapatos, en el zapatero. Parece una pavada, pero para un chico con TDAH, la rutina y el orden externo son como un GPS interno. Si el entorno es predecible, su cerebro gasta menos energía en buscar y más en estar tranquilo. Y nosotros, los padres, gastamos menos en repetir.
4. El refuerzo positivo, no el reto
Cuando mi hijo lograba acordarse de la campera, yo le decía “bien, no te la olvidaste”. Y él me miraba con una sonrisa que me partía el alma. Porque estaba acostumbrado a que le marcaran el error, no el acierto. Empecé a celebrar los pequeños logros, por más mínimos que fueran. Y descubrí que el refuerzo positivo funciona mucho mejor que el reto. No es ser complaciente. Es ser estratégico. El pibe necesita saber que puede, no que siempre falla.
5. Pedí ayuda, no estás roto
Esto es lo más difícil. Pedir ayuda. Hablar con la maestra, con el pediatra, con un psicólogo. Pedirle a la abuela que lo lleve a la escuela una vez por semana para que vos respires. Pedirle a tu pareja que se haga cargo una mañana entera. No es fallar. Es sobrevivir. Y a veces, la mejor manera de cuidar a tu hijo es cuidándote a vos. Porque un padre agotado no puede contener a nadie. Y un padre que se culpa todo el tiempo, menos.
Preguntas que me hacen en el grupo de padres
¿Mi hijo se olvida las cosas a propósito para molestarme?
No. Te lo digo desde la experiencia y desde lo que aprendí con los profesionales que acompañan a mi hijo. El olvido en el TDAH no es una elección, es un síntoma. Su cerebro no procesa la información de la misma manera. Cuando lo entendés, dejás de pelearte con el pibe y empezás a pelear con el problema. Y eso, te aseguro, cambia todo.
¿Es normal que me sienta tan cansado y con tanta culpa?
Es lo más normal del mundo. Yo pasé años sintiendo que era un mal padre, que no sabía poner límites, que mi hijo era así por mi culpa. Hasta que entendí que no. El TDAH no se origina por una mala crianza. Y el cansancio es real. No estás roto, y tu hijo tampoco. Buscá apoyo, hablalo, no te guardes la culpa. Eso también es cuidar a tu familia.
¿Cómo hago para que la maestra entienda que no es un nene malcriado?
Es una batalla difícil. Lo primero es llevar un diagnóstico formal, si lo tenés. Después, pedí una reunión y explicá, con calma, cómo funciona el TDAH. Contá lo que ves en casa: que se esfuerza, que quiere, pero que a veces no puede. Ofrecete a trabajar en equipo. No todos los docentes están formados, pero muchos están dispuestos a escuchar. Y si no, insistí. El derecho de tu hijo a ser entendido está primero.
¿Las funciones ejecutivas se pueden entrenar?
Sí, se pueden mejorar con estrategias y con el tiempo. No es que un día se despiertan y ya está. Es un proceso. Las rutinas, el orden, las instrucciones claras, el refuerzo positivo, todo eso ayuda a que el cerebro vaya creando caminos nuevos. Es lento, pero se nota. Mi hijo, después de un año de trabajo, ya se acuerda de la campera la mitad de las veces. Antes, era cero. Eso es un montón.
¿Tengo que medicar a mi hijo?
Esa es una decisión que se toma con un médico, un psiquiatra o un neurólogo infantil. Yo no te puedo decir qué hacer. Lo que sí te digo es que la medicación, cuando está indicada, no es un fracaso ni una trampa. Es una herramienta más. Y que ninguna pastilla reemplaza el acompañamiento, la rutina y el amor. Informate, consultá, y tomá la decisión con profesionales de confianza. Pero no te sientas culpable por considerarlo.
No estás solo
La noticia de La Rioja me dio un poco de esperanza. No porque vaya a cambiar la vida de mi hijo, que vive a miles de kilómetros de ahí. Sino porque demuestra que se puede pensar distinto. Que el TDAH no es una etiqueta para descartar a un pibe, sino una señal para acompañarlo mejor. Que la salud, la educación y lo social pueden trabajar juntos en vez de tirarse la pelota.
Acá, en Argentina, estamos lejos de eso. Pero cada familia que aprende a entender a su hijo, cada papá que deja de culparse, cada maestra que se anima a probar otra estrategia, está construyendo ese protocolo desde abajo. Sin papeles, sin consejerías, pero con la fuerza de la necesidad y del amor.
Así que, si hoy tu hijo volvió a casa sin la campera, o sin la mochila, o sin los dos, respirá. No estás solo. No es falta de cariño ni de disciplina. Es un cerebro que está aprendiendo a organizarse. Y vos, con tu paciencia, con tu rutina, con tu abrazo, sos parte de ese aprendizaje. Hoy alcanza con lo que pudiste. Mañana, también. Y el día que se acuerde solo, vas a festejar como si hubiera ganado un Mundial. Porque, en esta cancha, cada pequeño logro es una final ganada.
Fuente: Europa Press – Salud, Educación y Servicios Sociales de La Rioja impulsan un protocolo de coordinación para TDAH
