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El papel de los abuelos: Cómo explicarles el diagnóstico sin que te digan ‘a ese chico le falta un buen límite’.

03/07/2026 · 11 min de lectura

El papel de los abuelos: Cómo explicarles el diagnóstico sin que te digan ‘a ese chico le falta un buen límite’.

Por Ana Belén Rossi, psicopedagoga cordobesa

Me acuerdo de Tomás como si fuera ayer. Tenía ocho años, la mochila siempre abierta, los cuadernos con las puntas dobladas y una energía que rebotaba contra las paredes del aula. La seño me llamó preocupada: “No para quieto, no sigue consignas, los papás me dicen que en casa es igual”. Cuando llegó al consultorio, la mamá venía con el diagnóstico de TDAH recién impreso y una pregunta que me quedó grabada: “¿Y ahora cómo se lo explico a los abuelos? Porque mi suegra ya me dijo que lo que necesita es una buena disciplina”.

Esa escena se repite. Mucho. Y por eso quiero escribir esto hoy.

Un informe reciente de Tiempo Argentino (podés leerlo completo acá) plantea algo que vengo viendo en mi consultorio de Córdoba capital: mientras crecen los diagnósticos y el uso de medicación en niñas, niños y adolescentes, las familias, profesionales y docentes advierten sobre posibles sobrediagnósticos. Y en el medio, una pregunta que no aparece en ningún manual: ¿cómo hacemos para que los abuelos entiendan esto sin que suene a excusa?

Bajemos un cambio y vamos por partes.

Lo que aprendí con Tomás (y con la seño Marta)

La seño Marta, mi maestra de tercer grado que ya no está, tenía una carpeta azul con fichas de alumnos “difíciles”. Ella les decía “los que no encajan en el molde”. Y repetía: “El que no encaja en el molde, capaz que el molde está mal”. Cuando me encontré con Tomás, me acordé de esa carpeta.

Tomás no era vago. Era un pibe que necesitaba moverse para pensar. En mi consultorio, armamos un tablerito visual con colores: verde para “puedo seguir”, amarillo para “necesito una pausa”, rojo para “me estoy saturando”. Le llevó una semana aprender a usarlo. A la mamá le llevó tres semanas convencer a la abuela de que no era “un capricho”.

Un día, la abuela vino a buscarlo y lo vio usar el tablero. Tomás había puesto la tarjeta amarilla porque no entendía una consigna. En lugar de gritar o tirar el lápiz, respiró hondo y dijo: “Abu, necesito dos minutos”. La abuela se quedó callada. Después me dijo: “Nunca lo había visto así. Pensé que era malcriado”.

Ese día entendí algo que hoy es mi regla de oro: antes de pedirle al chico que cambie, mirá qué podemos cambiar del entorno. Y el entorno de muchos chicos con TDAH incluye a abuelos que criaron en otra época, con otras herramientas y otras creencias.

La pregunta que todos se hacen

“¿Y si le falta un límite?”

Escucho esa frase todo el tiempo. En las reuniones de padres, en las salas de espera, en los grupos de WhatsApp del colegio. Y la escucho el doble cuando hablo con abuelos y abuelas que criaron hijos sin diagnósticos, sin etiquetas, sin “esto es TDAH, esto es tal cosa”.

Acá va una verdad que no viene en los folletos: el TDAH no es falta de límites. Es un cerebro que funciona distinto. El lóbulo frontal —el que regula la atención, la impulsividad y la organización— madura más lento en estos chicos. No es que no quieran prestar atención: es que su cerebro no tiene las herramientas para sostenerla sin ayuda.

Pero también es cierto que no todo es TDAH. Y ahí está el alerta que levanta el informe de Tiempo Argentino: el aumento de diagnósticos y medicación en chicos argentinos merece una mirada crítica. Porque a veces lo que parece TDAH es ansiedad, es falta de sueño, es una sobrecarga de pantallas, es un aula que no logra engancharlos. Y a veces, claro, es TDAH.

El problema es cuando el diagnóstico se convierte en una sentencia o, peor, en una excusa para no revisar el entorno.

Cómo explicarle el TDAH a los abuelos: guía práctica en 8 pasos

No existe un manual único. Cada abuelo es un mundo. Pero después de años de escuchar a familias enteras, armé una serie de pasos que funcionan. No son receta mágica, son herramientas que podés adaptar.

1. Elegí el momento justo

No le expliques el diagnóstico a los abuelos cuando el chico está en medio de una crisis. Elegí un momento tranquilo, sin apuros, sin el niño presente. Una tarde de mate, cuando puedan hablar sin interrupciones. Deciles: “Quiero contarles algo que nos está pasando como familia y necesito que lo escuchen conmigo”.

2. Usá una metáfora que entiendan

A los abuelos les funciona lo concreto. Deciles que el cerebro del chico es como un auto que tiene un motor muy potente pero los frenos no funcionan igual. No es que el auto esté roto: necesita un conductor que sepa manejar esa potencia. O comparalo con una radio que agarra muchas señales al mismo tiempo: el chico escucha todo, no puede filtrar. No es que no quiera escuchar, es que escucha demasiado.

3. Validá su experiencia

Los abuelos criaron en otra época. Y en esa época, un chico inquieto era “un travieso”, no un diagnóstico. No les digas que lo que hicieron estuvo mal. Deciles: “Sé que vos criaste a tus hijos de otra manera y te fue bien. Esto es distinto. Hoy sabemos cosas que antes no sabíamos. No es que lo que hiciste esté mal, es que ahora tenemos más información”.

4. Mostrales qué pueden hacer ellos

Los abuelos quieren ayudar, pero no saben cómo. Si solo les decís “no le grites”, “no le digas vago”, se sienten desautorizados. En cambio, deciles: “Cuando venga a tu casa, lo que más lo ayuda es que le avises antes de cambiar de actividad. Por ejemplo: ‘En cinco minutos apagamos la tele para merendar’. Eso le da tiempo a su cerebro para prepararse”.

5. Dales un rol concreto

A los abuelos les gusta sentirse útiles. Asignales una tarea específica. Por ejemplo: “Vos podés ayudarlo con la lectura en voz alta, porque él se concentra mejor cuando alguien lo acompaña”. O: “A vos se te da bien la cocina, ¿podés armarnos los tableros visuales para la semana?”. Cuando tienen un rol, dejan de juzgar y empiezan a participar.

6. Preparalos para las crisis

Nada asusta más a un abuelo que ver al nieto en medio de una crisis sensorial o una explosión de frustración. Explicales que no es un berrinche, es que su cerebro se saturó. Deciles: “Si ves que se empieza a poner nervioso, no le digas ‘tranquilizate’ porque no puede. Mejor decile ‘vamos a tomar agua’ o ‘vamos a la pieza un rato’. No lo retes, acompañalo”.

7. Mostrales los avances, no solo las dificultades

Los abuelos suelen ver lo que “falta”: “No se queda quieto”, “No termina la tarea”. Ayudalos a ver lo que SÍ hace. Deciles: “Hoy logró estar sentado 10 minutos haciendo la tarea. La semana pasada eran 5. Está mejorando”. Cuando ven el progreso, se enganchan.

8. Aceptá que no van a entender todo de una

Esto es clave. No esperes que después de una charla mágica los abuelos se conviertan en expertos en TDAH. Van a tener recaídas. Van a decir “a este chico le falta un límite” mil veces. No te enojes. Respirá. Y repetí: “Te entiendo, a mí también me cuesta. Pero esto es lo que a él le funciona. ¿Probamos juntos?”.

Preguntas de la gente

¿Cómo hago si la abuela dice que el TDAH no existe, que es todo invento?

No entres en discusión. No vas a ganar. En lugar de pelear, mostrale. Invitala a una consulta con el neurólogo o la psicopedagoga. A veces escucharlo de un profesional ayuda más que escucharlo de la hija o el hijo. Y si no quiere ir, pedile que te acompañe un rato a la terapia del chico. Verlo trabajar con herramientas concretas suele ser más convincente que cualquier explicación teórica.

Mi suegra le da azúcar y golosinas a mi hijo cuando sé que eso lo desregula. ¿Qué hago?

Esto es más común de lo que parece. Los abuelos asocian el cariño con la comida. No le digas “no le des eso” porque se ofende. En cambio, decile: “A él le encanta cuando compartís tal cosa con él. ¿Probamos llevarle fruta cortada? La come feliz y no lo pone tan nervioso después”. Ofrece una alternativa, no una prohibición. Y si insiste, negociá: “Está bien, que coma algo, pero después necesito que lo ayudes a moverse un rato para que baje la energía”.

Los abuelos dicen que yo soy muy permisiva y que por eso el chico no me obedece

Esa frase duele. Y mucho. Lo primero: no te lo tomes personal. Los abuelos criaron con otra lógica, donde la autoridad era más rígida. Lo que para ellos es “permisividad”, para vos es “acompañamiento”. Una cosa a la vez: elegí una sola situación para explicarles. Por ejemplo: “Cuando no lo obligo a terminar la tarea de una, no es que sea permisiva. Es que sé que si lo fuerzo, se bloquea y no aprende nada. Prefiero que haga 10 minutos bien a 40 minutos mal”. Mostrales que tu decisión tiene una razón, no es capricho.

¿Cómo le explico a mi mamá que el diagnóstico no es una etiqueta para toda la vida?

Los abuelos suelen pensar que un diagnóstico es una condena. Deciles: “Esto no es una enfermedad que va a tener para siempre. Es una forma de funcionar. Con las herramientas adecuadas, él va a aprender a manejarlo. Lo que hoy es difícil, mañana va a ser más fácil. Pero necesita ayuda ahora, no que lo juzguen”. Mostrales ejemplos de adultos con TDAH que llevan vidas exitosas. Hay muchos. El diagnóstico no define el futuro, solo explica el presente.

Mi papá le dice “vago” a mi hijo. ¿Cómo lo paro sin pelearme?

Usá el humor o la sorpresa. Decile: “Sabés que los médicos dicen que su cerebro trabaja distinto. No es vago, es que su motor funciona a otra velocidad. ¿Viste cuando un auto no arranca? No es vago, necesita que le revisen el motor”. Si insiste, hablale en privado: “A mí me duele cuando le decís vago. Porque él se lo cree. Y después deja de intentar. No te pido que entiendas todo, te pido que no le pongas esa mochila”. A veces, apelar al amor que le tienen al nieto funciona mejor que cualquier explicación técnica.

Mi cierre: una herramienta para hoy

Si algo aprendí con la seño Marta y con Tomás y con cada familia que pasó por mi consultorio es esto: no hay chico vago; hay chico aburrido, angustiado o mal acompañado. Y los abuelos, cuando entienden, son los mejores aliados. Porque tienen tiempo, tienen paciencia y tienen un amor que no se negocia.

Pero para que sean aliados, necesitan información. Y necesitan sentirse parte, no excluidos.

Una herramienta para hoy: armá con los abuelos un “cuaderno de logros”. No de tareas, no de notas. Un cuaderno donde cada vez que el chico logre algo —por chiquito que sea— lo anoten juntos. “Hoy se ató los cordones solo”. “Hoy esperó su turno para hablar”. “Hoy se acordó de llevar la mochila”. Los abuelos pueden ser los encargados de escribir. Y el chico, de dibujar. Ese cuaderno no es un registro académico: es un mapa de lo que SÍ puede hacer. Y cuando los abuelos lo vean crecer en esas páginas, van a entender que el diagnóstico no es una limitación. Es una hoja de ruta.

¿Y si el problema no es el chico? A veces, el problema es que no supimos cómo explicar. Y eso, con cariño y con tiempo, se puede cambiar.

Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta médica. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional de la salud (neurólogo, psiquiatra o psicólogo). Ante cualquier duda o síntoma, consultá a tu médico de confianza.

Fuente consultada: Tiempo Argentino, “Infancias bajo diagnóstico: qué hay detrás del aumento de casos de TDAH y de la medicación en chicos”, disponible en https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/infancias-bajo-diagnostico-que-hay-detras-del-aumento-de-casos-de-tdah-y-de-la-medicacion-en-chicos/

Ana Belén Rossi
Escrito por Ana Belén Rossi

Trabajo hace años acompañando a chicos con TDAH en la escuela y en casa. Comparto estrategias concretas para aplicar hoy. Voz editorial de TDAH Familias, con asistencia de IA. Contenido informativo, no reemplaza la consulta profesional.

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