Hace unas semanas, en un taller para familias, una madre me dijo algo que me quedó resonando: “Ana, yo no sé si mi hijo está enfermo o si el mundo se volvió un lugar imposible para él”. Tenía los ojos cansados y una carpeta llena de informes. Su hijo, de 14 años, había pasado por tres colegios y por dos psicólogos. El diagnóstico de TDAH llegó tarde, como suele pasar con los pibes que no rompen vidrios, sino que se sientan en el fondo y miran por la ventana.
Me acordé de la seño Marta, mi maestra de tercer grado, que guardaba fichas de los alumnos “difíciles” y las miraba con otros ojos. Ella decía: “El que no encaja en el molde, capaz que el molde está mal”. Y yo, años después, sigo pensando lo mismo cuando leo una noticia como la que hoy nos convoca.
Porque la noticia es real y viene de España, pero el eco llega hasta acá, a nuestras aulas y a nuestras casas. Una investigación universitaria reveló que los ingresos hospitalarios de adolescentes con TDAH se dispararon en las últimas dos décadas. El dato, publicado por El Periódico, marca una tendencia que acá, en Argentina, debería encender alguna luz amarilla. No para asustarnos, sino para preguntarnos qué estamos haciendo (o dejando de hacer) con estos pibes.
¿Qué dice exactamente el estudio?
Vamos por partes, como siempre. La investigación, de la que se hizo eco El Periódico (podés leerla completa acá), encontró que los ingresos hospitalarios de adolescentes con TDAH se dispararon en dos décadas. Además, confirma un dato que ya manejamos: el TDAH afecta al 6,8% de los niños y adolescentes en España.
Ojo, no estoy diciendo que esto vaya a pasar acá. Pero sería ingenuo pensar que somos inmunes. El sistema de salud argentino ya está tensionado, las familias llegan agotadas a las consultas y las escuelas, muchas veces, no saben cómo contener a un chico que no se queda quieto o que se desconecta en clase. La pregunta que todos se hacen es: ¿por qué un chico con TDAH termina internado?
Y acá va mi lectura honesta, la que no viene en los folletos: porque el TDAH no tratado, o mal acompañado, no es solo “un chico inquieto”. Es un chico que fracasa, que se frustra, que se siente estúpido aunque no lo sea. Y esa mochila, a los 14 o 15 años, pesa demasiado. La internación no aparece de la nada: es el final de un camino de desencuentros.
Cinco pasos para no llegar a ese lugar
No soy médica, soy psicopedagoga. Mi terreno es la escuela y la casa. Pero en mis años de trabajo, aprendí que hay estrategias simples que cambian el rumbo. No son mágicas, pero funcionan. Acá van, una a la vez, que alcanza.
1. Bajemos un cambio y miremos el entorno
Antes de pedirle al chico que cambie, mirá qué podemos cambiar del entorno. Si en casa hay un escritorio frente a la ventana, con el celular a un costado y la tele de fondo, el problema no es “que no se concentra”. El problema es que le estamos pidiendo concentración en un lugar que invita a todo lo contrario. Probá con un espacio limpio, sin pantallas y con horarios fijos. Una cosa a la vez.
2. La letra chica de las consignas
“Hacé la tarea” no es una instrucción. Es una nebulosa. Para un pibe con TDAH, eso es como pedirle que arme un rompecabezas sin la tapa. En cambio, “abrí el libro en la página 12 y hacé los tres ejercicios del punto A” es algo concreto. En mi consultorio, armamos tableritos visuales con pasos dibujados. Funciona. No es magia, es estructura.
3. El elogio específico, no el genérico
Decir “muy bien” no alcanza. Decir “me gustó cómo resolviste el segundo problema, te tomaste tu tiempo y lo pensaste” sí funciona. El chico con TDAH necesita saber exactamente qué hizo bien. Si no, el “muy bien” se pierde en el ruido de fondo.
4. La actividad física como ancla
No es un consejo de gimnasio, es neurobiología básica. El ejercicio ayuda a regular la atención y el humor. No hace falta un deporte de alto rendimiento: una caminata, andar en bici, tirar unas paredes de fútbol. Veinte minutos al día, todos los días, cambian el humor de la casa entera.
5. Hablar con la escuela, pero en serio
No alcanza con la reunión de padres dos veces al año. Hay que pedir una entrevista con el equipo directivo y los docentes, y llevar un plan escrito: qué funciona en casa, qué estrategias usamos, qué necesitamos que prueben en el aula. Si el colegio no acompaña, hay que insistir. Y si el colegio no quiere escuchar, hay que buscar otro. No hay chico vago; hay chico aburrido, angustiado o mal acompañado.
Las preguntas que me hacen siempre
¿Mi hijo es “vago” o tiene TDAH?
Mirá, la vagancia no existe como diagnóstico. Lo que veo en mi consultorio es que los pibes con TDAH no eligen no hacer la tarea. Eligen no hacer la tarea porque les resulta imposible sostener la atención en algo que no les genera interés o que les genera ansiedad. Si tu hijo te dice “no puedo”, creelo. Después vemos qué hacemos con ese “no puedo”.
¿La medicación es la única salida?
No, y no me corresponde a mí indicarla. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional: neurólogo, psiquiatra o psicólogo. La medicación puede ser parte del tratamiento, pero nunca es la única pata. La estructura familiar, las estrategias escolares y el acompañamiento emocional son igual de importantes. La pastilla no enseña a organizarse.
¿Cómo hago para que haga la tarea sin pelear?
Primero, bajá la exigencia. Si la tarea es para dos horas, partila en bloques de 20 minutos con descansos de 5. Usá un temporizador visual. Y cambiá la frase: en vez de “tenés que hacer la tarea”, decile “vamos a hacer la primera parte juntos y después ves si seguís solo”. El arranque es lo más difícil. Acompañalo en el arranque.
¿Le tengo que decir que tiene TDAH?
Sí, pero con palabras que pueda entender. No es “tenés una enfermedad”. Es “tu cerebro funciona distinto, y por eso algunas cosas te cuestan más, pero con las estrategias adecuadas vas a poder”. Poner una etiqueta no es lo mismo que entender a un pibe. La etiqueta, bien usada, es un punto de partida. Mal usada, es una sentencia.
¿La escuela está preparada?
La mayoría no, y te lo digo con cariño pero con honestidad. Hay docentes que hacen maravillas con recursos mínimos, y hay sistemas que expulsan al que no encaja. Por eso es tan importante que vos, como familia, llegues con un plan. No a quejarte: a proponer. “¿Y si probamos sentarlo adelante?” “¿Y si le damos consignas más cortas?”. A veces, el cambio empieza por una pregunta.
¿Esto se cura?
No se cura, se acompaña. El TDAH es una condición que acompaña a la persona toda la vida. Pero con las herramientas adecuadas, los chicos aprenden a vivir con eso y a desarrollar sus fortalezas. Muchos adultos con TDAH son creativos, intensos, brillantes. El tema es que no los apaguemos antes de tiempo.
Una herramienta para hoy
Esta semana, probá esto: armá un tablerito visual con la rutina de la tarde. Puede ser una cartulina, unos fibrones de colores (yo tengo la cartuchera llena, no te voy a mentir) y tres o cuatro casilleros: merienda, tarea, descanso, baño. Pegalo en la heladera. Y cuando tu hijo haga la primera tarea, marcá el casillero con una cruz bien grande. No hace falta nada más. Una cosa a la vez, que alcanza.
Porque si algo aprendí de la seño Marta es que los pibes no vienen rotos. Vienen con otra lógica. Y a veces, el problema no es el chico. El problema es que el molde quedó viejo. Y eso, queramos o no, también es nuestra responsabilidad.
Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta médica. Ante cualquier duda o síntoma, consultá a tu médico o profesional de la salud. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional: neurólogo, psiquiatra o psicólogo.
