¿Deberíamos decírselo a sus compañeritos? Pros y contras de blanquear el diagnóstico en el grado
**Por Martín Ledesma**
La noche que mi hijo de ocho años se trepó al placard del living, yo estaba hirviendo de bronca. No era la primera vez que pasaba, pero esa tarde había recibido el tercer llamado de la escuela en la misma semana. ‘Se paró cinco veces, no termina las tareas, interrumpe a los compañeros’. Cuando lo bajé, él me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo: ‘Papá, no sé por qué no puedo quedarme quieto’. Ahí, en el medio del desorden de juguetes y la cena fría, entendí que el problema no era él. Era que yo no sabía cómo explicarle lo que le pasaba, ni cómo contarlo afuera.
Pasaron meses de evaluaciones, de idas y vueltas con neurólogos y psicopedagogas, hasta que llegó el diagnóstico: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Y con eso, una pregunta que me taladró la cabeza: ¿se lo digo a los compañeritos? ¿A la maestra? ¿A los padres del grupo de WhatsApp? No había manual que me cubriera. Solo existía el miedo a que lo etiqueten, a que lo miren distinto, a que lo dejen afuera de los cumpleaños.
Un estudio publicado en Scielo Argentina (https://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0025-76802024000200015) evidencia justamente eso: la necesidad de aplicar una metodología de evaluación rigurosa en el TDAH, con el objetivo de mejorar la precisión diagnóstica. O sea, que no es un capricho ni una moda. Es una condición real que necesita ser entendida, no escondida. Pero una cosa es la ciencia y otra muy distinta es la vida en el aula, donde los pibes se dicen cosas y los adultos también.
**La pregunta que no viene en los folletos**
Cuando te sentás frente a la directora de la escuela, el corazón te late en las sienes. ‘Señora, mi hijo tiene TDAH’. Y ahí se abre un abanico de posibilidades: desde la maestra que te dice ‘ah, entonces es por eso’ y te promete acompañamiento, hasta la que te suelta ‘pero no le pongamos etiquetas, todos los chicos son inquietos’. La realidad es que blanquear el diagnóstico en el grado tiene pros y contras que no vienen escritos en ningún prospecto.
**A favor:** cuando los compañeros entienden que no es que tu hijo sea ‘malo’ o ‘maleducado’, sino que su cerebro funciona distinto, baja la tensión. Mi experiencia me enseñó que los pibes son más empáticos de lo que creemos. Una charla sencilla, sin tecnicismos, puede transformar el ‘no me gusta jugar con él porque se enoja’ en ‘a veces le cuesta esperar, pero es buen amigo’. Además, la escuela puede ajustar las estrategias: sentarlo adelante, darle tiempos de pausa, evitar los estímulos que lo dispersan.
**En contra:** el miedo más grande, y no es menor, es que lo carguen. Que lo señalen. Que quede pegado a una etiqueta que después no se saca más. Y está el riesgo de que algunos adultos, incluso profesionales, lo reduzcan todo al diagnóstico: ‘Ah, no terminó la tarea, claro, es el TDAH’. Como si el pibe no fuera también un nene que ama los dinosaurios, que dibuja soles con sonrisas y que llora cuando se cae de la bicicleta.
**La guía que a mí me hubiera gustado tener**
Después de varios años de ensayo y error, de audios de WhatsApp con El Turco a las tres de la mañana (ese papá veterano que me tiró el primer salvavidas), armé una lista de pasos que me ayudaron. No es una receta mágica, pero al menos te da un piso para pisar firme.
**1. Hablá primero con la escuela, no con los compañeros.** Pedí una reunión con la maestra, la directora y el equipo de orientación. Llevá el diagnóstico por escrito, pero también contá cómo es tu hijo en casa: qué lo calma, qué lo dispara, qué estrategias funcionan. No es un informe médico frío; es la historia de tu pibe.
**2. Preguntá cómo lo van a comunicar.** Algunas escuelas tienen experiencia y te proponen una charla con el grado, otras prefieren que lo hables vos con los padres de los compañeros. No hay una forma correcta. Lo importante es que el mensaje sea claro: ‘Mi hijo tiene TDAH, esto no lo hace malo ni menos inteligente, solo necesita algunas ayudas para aprender mejor’.
**3. Prepará a tu hijo.** Antes de hablar con nadie, sentate con él y explicale con palabras simples qué es el TDAH. Usá ejemplos: ‘A veces te cuesta esperar tu turno porque tu cerebro va más rápido, como un auto de carrera. Y está bien, solo necesitamos algunas herramientas para que no te choques’. Si él entiende, va a poder explicarse cuando alguien le pregunte.
**4. Elegí el momento y el tono.** No lo hagas en medio de un conflicto. Buscá un día tranquilo, sin sobresaltos. Hablá desde el amor, no desde la queja. ‘Mi hijo es un nene maravilloso que a veces necesita ayuda para concentrarse. ¿Les parece bien que hablemos de cómo podemos acompañarlo?’ Eso baja las defensas.
**5. Aceptá que no todos van a entender.** Y está bien. Algunos padres van a mirar raro, otros van a decir ‘pero si a mi hijo también le pasa’. No te enganches. Tu responsabilidad es con tu pibe, no con la opinión de los demás. Respirá, papá, mamá: esto se transita.
**Preguntas de la gente**
¿A qué edad es mejor contarlo?
Depende de la madurez del grupo. En primer grado, los chicos todavía no tienen prejuicios fuertes; una charla sencilla suele alcanzar. En quinto o sexto, puede ser más complejo porque ya hay etiquetas sociales. Lo ideal es consultar con la psicopedagoga de la escuela y con el profesional que trata a tu hijo.
¿Y si la maestra no quiere que se lo diga a los compañeros?
Escuchá sus motivos. A veces tienen miedo de que se descontrole la dinámica del aula. Pero si sentís que ocultarlo le hace mal a tu hijo, buscá otra escuela. No estás roto, y tu hijo tampoco. El derecho a ser entendido no se negocia.
¿Cómo se lo digo a los padres del grupo de WhatsApp?
No lo hagas por chat. Es frío y se presta a malentendidos. Mejor pedí una reunión breve antes de la salida o mandá una nota impresa con tu número de teléfono para quien quiera hablar. La información sensible se da en persona o por llamada.
¿Mi hijo va a quedar marcado para siempre?
No. El diagnóstico no es una condena, es una explicación. Los pibes cambian, crecen, aprenden. Lo que queda es cómo lo tratamos hoy: con amor, con paciencia, con herramientas. Si lo acompañás bien, él va a aprender a pedir lo que necesita y a explicar quién es.
¿Y si los compañeros se burlan igual?
Va a pasar. En algún momento, algún pibe va a decir algo. Ahí entra tu laburo de papá o mamá: hablalo con la escuela, pedí intervención, y sobre todo, trabajá con tu hijo la autoestima. Que sepa que el problema no es él, sino la falta de información del otro. No estás solo en esto.
**No estás solo**
Hoy, cuando mi hijo llega de la escuela y me cuenta que un compañero le dijo ‘tranqui, a mí también me cuesta esperar’, siento que algo cambió. No es que todo sea color de rosa. Todavía hay días en que se para cinco veces y la maestra me llama. Pero ahora hay un equipo que entiende, hay compañeros que saben, y hay un pibe que ya no se siente un bicho raro.
El estudio de Scielo Argentina no habla de esto, pero yo sí. Porque la ciencia puede decirnos cómo diagnosticar mejor, pero el amor nos dice cómo acompañar. Y en esa mezcla, entre el dato verificable y la trinchera emocional de la familia, es donde se juega todo.
Vos ocupate, no te culpes. Hoy alcanza con lo que pudiste. Y si dudás, acordate de que no estás solo. Hay un montón de padres tomando mates largos en el patio, guardando dibujos en la heladera y aprendiendo a abrazar, no a corregir todo el tiempo. Eso también es ciencia. La del corazón.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la consulta médica. El TDAH lo diagnostica y trata un profesional de la salud. Compartimos experiencia, no indicaciones médicas.*
